“Se abre la tierra, y en mi camino encuentro este río color teja, seco y polvoriento, lleno de colores, verde y salvaje, donde los pájaros juegan con el ritmo y los reflejos del sol. En Kenia descubro una nueva África, profunda y sincera, una tierra que atrapa y traga al viajero hasta quitarle la angustia y la prisa.

Después de dos días pisando la roja tierra mi ritmo es distinto. El caminar lento, el pensar apagado y los sentidos atentos a todo aquello que ocurre.

Es curioso e incómodo sentirse observado, en un mundo negro la piel blanca es una llamada de atención, sientes inconscientemente culpa por tu raza, por todo el sufrimiento que los colonos impusieron a estas gentes. Desearías cambiar tu piel y ser negra por unos días, sólo para poder sentirte anónima y libre. Descubres, poco a poco que estás llena de prejuicios que ni sabías que tenías, miedo a que te ocurra algo desagradable. Descubres que tu inseguridad está allí donde tú la dejaste, dispuesta a ser liberada.

Hoy, en la primera salida por la calles del pueblo de Naivasha, un grupo de niñas nos regaló algo único. Inocentes y espontáneas, entre las miradas curiosas de los transeúntes, decidieron pararse a saludarnos y chocarnos la mano de una en una al tiempo que nos regalaban la sonrisas más hermosas que he visto. No tendrían más de 8 años, caminaban solas, eran cuatro e iban vestidas con el uniforme del colegio.

Una entrada en un bar para comprar cervezas nos mostró el lado “oscuro” del país. Una cara machista y sucia, donde la mujer africana sólo está presente tras la barra , algo de lo que nuestro guía nos había advertido. Sin incidentes, con una sonrisa en la boca y paso firme nos resistimos a aceptar la figura local de mujer y salimos, con bolsa de cervezas en mano, rumbo a las calles de Naivasha.

Polvo, gente cargada , matatus (furgo-buses), motos vespa con tres pasajeros, puestos de fruta, policías armados, gente tumbada en la acera, costureros trabajando en mitad de la calle, un puesto de fotos para el pasaporte entre dos cartones a la sombra de un árbol, y alguna que otra cabra nos acompañó de vuelta a nuestro alojamiento.

Una vez aquí, bebiendo una “tusker”, cerveza local que lleva por nombre la palabra en swahili para denominar el cuerno del elefante, me rodean los pájaros.

Juegan conmigo, acercándose y alejándose, alguno posa ante mi objetivo mientras otros más traviesos hacen picados sobre mi cabeza. Los dejo hacer, simplemente me enseñan su casa, me limito a respirar y a sentir, a respirar y a sentir África: la madre de los pueblos.”

 

“En esta tierra que pisamos, donde la sinceridad es la única manera de sentir y el miedo parece haber desaparecido, todo es posible.

Desde que pisamos este país comenzamos a desear experiencias, y cuanto más deseamos, más recibimos. Es tal la abundancia que África nos brinda que no damos crédito a nuestra suerte.

Puede que esté provocado por la creencia de que ‘algo tiene que salir mal’ o de que si alguien te trata tan bien es porque quiere algo a cambio. Pero no, en este país se respira calma y se hace realidad esa frase que todos conocemos ligada a una película infantil: Hakuna matata.

No importa que tarde 4 horas en salir un matatu, que la persona con la que habías quedado llegue 2 horas tarde o que no tengas para comprarte un coche o una casa. Ante algo así la gente sonríe y canta esta canción genial que nos han enseñado: Jambo Kenia

Hoy tuvimos la suerte de compartir una jornada magnifica con cuatro ángeles. Sí, sí, habéis leído bien, cuatro ángeles que nos regalaron su presencia acompañándonos al lago naivasha ( niwa naivasha, en swuahili).

Eunice trabaja cultivando flores, es soltera, muy sonriente y amable. Es la mejor amiga de Eunice (sí sí, se llaman igual!) y cuando sale de trabajar va siempre a visitarla a la tienda. Eunice es mamá de dos niños, una pequeña belleza de seis años llamada Risper, y un diminuto niño de meses con ojos enormes y abiertos llamado Lorenz.

Completó nuestra tribu por un día un encantador estonio llamado Olle (pronunciado Ola, fácil de recordar) y al que conocimos la noche anterior en nuestra casa. Está trabajando de voluntario en la frontera con Uganda y descubriendo Kenia los fines de semana.

Así fue como los 7 nos dirigimos a la parada de matatus y pusimos rumbo al lago Naivasha. Después de un apasionante viaje con música africana a todo trapo y mucha gente junta llegamos por fin a nuestro destino.

Al bajar del matatu descendimos una pista que terminaba a la orilla del lago. Allí se encontraban bares de chapa de aluminio donde decenas de pescadores carretaban pescado del lago a las rudimentarias cocinas de los bares.

Escapando de truenos y lluvia nos refugiamos en uno de ellos donde fuimos acogidos con cariño y curiosidad. Invitamos a la familia a comer y decidimos que iríamos al embarcadero a conseguir que un bote nos llevara a ver hipopótamos.

Yo nunca había visto un hipopótamos, bueno vale, en los documentales sí. Pero como todo, algo que ves a través de una pantalla no lo llegas a ver realmente.

Allí, entre centenas de especies de pájaros fascinantes, se encuentra uno de los animales más curiosos que haya visto.

El observador ha de ser rápido, ya que al hipopótamo le gusta el efecto periscopio. Asoma los ojos por la superficie del agua, realiza pequeños giros y se vuelve a sumergir. Si tienes suerte consigues apretar el botón de tu cámara a tiempo de llevarte un recuerdo para toda la vida.

Aunque no es necesario una fotografía para recordar un dia como hoy. Basta rescatar el cariño de Eunice, la sonrisa de Risper, la mirada abierta de Lorenz, la sabiduría de Olle, la fortaleza de mamá Eunice y la perfecta compañía de Clara. Serán esos los detalles que me transformen, aquellos que rescataré en el futuro para transportarme de nuevo a estas tierras y recordarme lo verdaderamente importante: HAKUNA MATATA”

“En el sur de Kenia, en la frontera con Tanzania, nos encontramos con el pueblo masai.

A nuestra anfitriona la conocimos en una gasolinera en el último pueblo que existe antes de adentrarse en los caminos de tierra de los masai.

Un camino de 4 horas para hacer unos 100 km nos llevaría hasta Entasekera, en la región de Loita. En la primera parte del camino, la sabana con sus avestruces y sus zebras nos hicieron recordar donde estamos. Más tarde serían las montañas las que nos acogerían entre sus brazos de madera y sus babuinos colgados de los árboles.

Una vez en nuestro destino descubrimos un nuevo hogar y una nueva familia. Los masais son tradicionalmente pueblos pastores, viven en casas circulares con el techo de paja donde animales y familia conviven durante la noche.

Son las mujeres masai las que construyen sus casas y cuidan a su marido ( el cual puede tener tantas mujeres cuantas quiera).

Tuvimos la suerte de ser recibidas en una de esas casas, cuando el sol ya había caído. Las mujeres se encontraban alrededor del fuego, en sus brazos abrazaban a dos pequeños hermosos con miradas intensas.

Franciska, nuestra anfitriona masai, nos acompañaba y traducía del masai al inglés para poder comunicarnos.

No hablamos ni estuvimos mucho tiempo dentro de aquella casa, pero el fuego de su cocina, el olor de sus animales y el tacto de sus muros quedará grabado en mi memoria. Su única pregunta: ¿podríamos vivir así? La respuesta fue automática y sin pasar por la razón: sí.

Aunque esta gente tenga una cultura muy distinta a la mía, aunque no puedo imaginarme siendo la tercera o cuarta mujer de nadie, su conexión con la naturaleza es total y auténtica. Sientes que son uno con el medio,no hay prisa ni estrés, no hay enfado ni preocupación, solo calma y felicidad.

Franciska, nuestra anfitriona ha sido el mayor tesoro de este viaje, por el momento. Ella, junto a sus niños y al equipo que trabaja en el centro Namelok Naretoi (sharing succes: compartiendo el éxito), son un regalo para el corazón y la conciencia.

Se trata de un centro de acogida para niños con discapacidad física y mental del pueblo masai. Desde que comenzó, hace 25 años, Franciska ha ayudado a decenas de niños a operar discapacidades físicas y a desarrollar sus habilidades en el caso de las discapacidades mentales. Tiene numerosos ejemplos de niños que pasaron por el centro y que actualmente son independientes y felices.

El problema: el dinero.

Para poder mantener a los 30 niños que tienen en el centro necesitan unos 30000 euros al año ( unos 1000 euros al año por niño).

Hace 5 años disponían del respaldo de la ONG “Liliane Foundation”, pero en estos últimos años mantienen sus puertas abiertas gracias a la participación del pueblo masai y al gran esfuerzo que Franciska hace.

Cuando conocí la realidad del proyecto y de la región sentí frustración e ira. Las perlas de impotencia caían por mis ojos preguntándome la razón por la que el mundo está tan mal repartido.

Niños que son rechazados por sus familias, escondidos, niños considerados maldiciones y a los que se abandona, niños que, en la mayoria de los casos, serían completamente ‘normales’ con asistencia médica y cariño.

Decidimos que teníamos que hacer algo y, lo que en principio iba a ser un documental sobre Kenia, se transformó en un vídeo donde se refleje la realidad que vive este pueblo, con el objetivo de conseguir financiación y materiales básicos para Franciska y su equipo.

Estuvimos parte del día grabando, conocimos a los chavales y nos enamoramos profunda y eternamente de este pueblo y estos niños. En sus miradas sólo existe sinceridad, en sus manos la tierra, en su corazón amor y bajo sus pies el mundo. Lo tienen todo, pero son pobres. Sufren, pero en ellos nace la felicidad.

En este pueblo, donde las mujeres aun son cambiadas por ganado, donde las vacas se mueren por falta de pasto y los niños diferentes se abandonan o se esconden, Franciska es esperanza. Ella hace que todo su entorno confíe en que todo puede ser diferente, que unos ayuden a otros y terminen por encontrar el camino al éxito. Gracias Franciska.

Asante sana.”