Kuala Lumpur, capital de Malasia, es tan caótica como interesante.

Desde el primer momento en que bajamos del autobús nos dimos cuenta de que el orden que se respiraba en Singapore sería nuestra primera nostalgia asiática.

Una estación central enorme y plagada de gente, un mapa de metro donde han metido trenes y buses como líneas de colores que marean, escaleras y más escaleras entre cambios de andén.

Habíamos reservado noche en un albergue barato y situado entre el mercado y el barrio de Chinatown. Happy cat guesthouse, un lugar curioso lleno de habitaciones diminutas y sin ventanas, pintado de colores y donde un oriental (de origen desconocido por el momento y muy guapo, hay que reconocerlo) no da ni la más mínima orientación al viajero.

Así fue nuestra primera impresión: caos y autenticidad. Respiramos mucha más verdad aquí que en las calles de Singapore, donde parece que el ser humano es civilizado y metálico por naturaleza.

En estas calles se respira humanidad, estrés, religión, indiferencia. Lo mismo que en muchas otras capitales que he conocido.

Decidimos hacer un par de recados importantes y visitar las torres Petronas, las torres idénticas más altas del mundo. Fuimos tan guiris que preguntamos dónde estaban justo a la salida del metro, a lo que un hombre de seguridad nos contestó con los ojos como platos:

– “Justo ahí” señalando hacia la derecha.

Un “justo ahí’ tan literal que sólo con levantar la cabeza ya nos quedamos asombradas por su tamaño y por nuestra insignificancia. Fue igual que cuando me preguntan por la catedral cruzando la plaza de la Quintana: absurdo, ridículo y muy divertido.

Las Petronas son dos gigantes de hierro y cemento unidas por una pasarela y terminadas en una larga punta metálica, simulando una antena para captar señales extraterrestres.

Justo delante de ellas hay una plaza con fuentes de agua donde los turistas se agolpan para hacerse “selfyes” sin parar. Un regalo para una fotógrafa fascinada por la mezcla cultural que se respira en estas calles. Rostros hindúes, malayos, chinos, tailandeses…. Y todas las mezclas inimaginables que no alcanzo a comprender ni a identificar en sus rasgos.

Entre toda la muchedumbre había una mujer muy mayor, acompañada por toda su familia, hijos, nietos, nueras… Estaba en una silla de ruedas, con su camisa morada y sus gafas enormes de varias décadas. Respiraba felicidad y amor. Miraba desde su silla la majestuosidad de las torres, maravillada y feliz. Tanto que yo me maravillé con ella, viendo la imagen desde su rostro, sintiendo la ilusión en sus arrugas y la experiencia en sus manos de papel pinocho.

Un regalo del viajar y de pararse a observar la belleza en lo más pequeño. Únicamente hay que quedarse quieto, ya que lo hermoso no tiene ninguna necesidad de moverse. Solo de ser.”