Xoves 16 de abril de 2020

El encuentro

Vivimos en un país donde nunca se le ha dado verdadera importancia a la educación. Nuestros planes de estudios están repletos de temarios técnicos y teóricos que crean personas completamente incapaces de enfrentarse a un mundo exterior emocional y complejo.

Desde la más tierna infancia enseñamos a nuestros hijos a reprimir sus emociones, a controlar estrictamente sus hábitos de conducta y a expresarse sólo dentro de los cánones que nosotros (adultos fruto de los mismos males) hemos tomado como válidos.

Hace años, cuando los niños aún eran libres de estar solos, cuando los padres se sentían seguros dejando que dedicaran la jornada a estar en la calle con sus iguales, existía esperanza. La esperanza de que la infancia, aislada ciertas horas del día del poder reprimido del adulto, encontrase en su pureza una manera de sentir.

Aquellos niños solucionaban solos sus conflictos, lloraban, reían y exploraban, sin prejuicios ni posicionamientos mentales, un instante que los conformaba como personas. De esa generación han nacido grandes pensadores, creadores, facilitadores y científicos.

Sin embargo el escenario actual es muy diferente. Desde muy temprano gran parte de nuestros pequeños ciudadanos se hacen esclavos del móvil o las tablets que, en un afán por huir de la losa de miedos impuesta por las ciudades, sus padres les delegan con confianza. A través de las pantallas aprenden que hay que escoger entre el bien (like) y el mal (unlike), juzgando constantemente lo que observan, sin cuestionarse en ningún momento la posibilidad de que la vida transcurra entre los extremos.

Castrados y sometidos a no expresar físicamente su espíritu, los niños van creciendo y olvidando que en el instante presente está todo lo que necesitan. Pero en un segundo todo cambia. De repente están en casa, encerrados con los mismos adultos que les enviaron a lo virtual para mantenerlos ocupados; los mismos que, convertidos a la fuerza en niños, no reconocen a esa infancia que han creado.

Frustrados y horrorizados por lo que observan, los padres comparten su desesperación. Con exceso de atención, de preocupación, de angustia, de actividades, de ruido... cualquier exceso sirve para perturbar el equilibrio en un encuentro tan inesperado. El encuentro de dos generaciones obligadas a mirarse de frente, a respirar un mismo aliento, sin actividades extraescolares ni abuelos, sin necesidad de horarios ni excusas para madrugar.

El niño que es niño no entiende nada. Tiene, por primera vez, toda la atención del adulto. Sintiéndose observado quiere correr, lejos, de aquello que le presiona.

El niño que es adulto no entiende nada. No puede, por vez primera, delegar en nadie más la atención de ese ser que siempre fue su responsabilidad. Sintiéndose encerrado quiere correr, lejos, de aquella imposición.

Juntos se asoman a la ventana y miran al parque.

Allá, a lo lejos, los perros pasean.

Algunos incluso, libres.

Se rebozan en el campo y corren. Sus compañeros de vida los observan y les dejan ser, simplemente, ellos mismos.

Ambos, el niño que es niño y el niño que lo fue, suspiran.

Se agarran de la mano y piensan a la vez: quizás algo tengamos que aprender de los perros.