Un parking, en el medio de un área comercial tipo polígono. A la entrada un cartel te indica que estás en el lugar correcto y que, si sigues todas las flechas, llegarás pronto a tu sesión de ciencia ficción. En la explanada, los coches tripulados de enmascarados van y vienen, en un ritmo coordinado y riguroso que recuerda al engranaje de una máquina.

La garita está rodeada por una verja metalizada, más alta que un jugador de baloncesto. Una vez dentro de esa verja siento que comienza la cuenta atrás. Me pongo a la cola, bien separada, claro está, del último de la fila. Siento que el corazón se acelera. Tengo miedo de si me dolerá, la idea de que me introduzcan algo tan largo en un espacio tan íntimo me aterroriza.

Llega mi turno, pero la mujer de la garita decide que pase primero la mujer que está detrás. Se trata de una persona mayor con una muleta.

- Tiene usted síntomas?- le pregunta la mujer-garita

- No, pero me han dicho que lo haga antes de que me vacunen

Yo espero, bueno, yo y mis síntomas, que aunque ya habían desaparecido, una vez pasada la valla se han puesto a tope a recordarme la razón de mi visita. Será psicológico? Pienso yo. Mi mente divaga, en la verdad de las cosas, en la influencia de meterme en el facebook y ver toda la gente que no sabe publicar nada más que información del Covid (toda negativa, por supuesto). Divaga, también, en el concepto de vida, en el confinamiento, en la falta de deporte y de cultura, en la estupidez humana y sus eternas contradicciones.

- Madame!! Madame!!

Rápido me despierto, entro en la cadena de montaje y encadeno un hecho tras otro. Tarjeta sanitaria, respuesta a preguntas, etiquetas, dar la vuelta a la garita, una silla, un traje espacial. Me siento, el corazón me va a estallar. Ese palo tan largo y esos ojos tras un cristal y envueltos en capas de plástico. Es 19 de enero de 2021 y me he trasladado, de repente, a varias de esas películas apocalípticas que tanto disfrutaba yo viendo.

Cabeza hacia atrás y ala, para dentro. Una sensación horrible, desagradable, sin una palabra de aliento, sin tacto, sin humanidad. Pienso en la cantidad de seres a los que se les manipula sin escrúpulos, como los pollos, las vacas, los cerdos. No me preguntéis por qué pero conecto hasta con mis gatos cuando en el veterinario tienen que dejarse meter el termómetro por el ano.

La mujer mete y saca esa cosa de mi nariz, una y otra vez, hasta que la siento en mi garganta. Me revuelvo y me quejo. Ella me hace callar con un movimiento de cabeza y yo obedezco, mientras se me escurre una lágrima.

- Bon journée - es la única interacción que tengo, acompañada de un empujoncito en la silla y un “¡Siguiente!” bien dicho en francés. Me precipito a la salida, con la mascarilla medio bajada y mi mano protegiendo mi nariz violada por un palito de plástico,y divago, nuevamente, en el sentido de este mundo tan extraño.